Retomo hoy una sección ocasional de este blog: los libros de bicicletas.
El libro de hoy es todo un clásico: El ladrón de bicicletas, de Luigi Bartolini, de la que también se ha hecho una película.
No sé muy bien, aún, si la bicicleta es en este libro la protagonista o una mera excusa para retratar una ciudad, Roma, en un momento duro y sórdido. El protagonista del libro emprende una odisea para recuperar su bicicleta, recientemente robada, y aprovecha para retratarnos una época en que muchos ladrones campan a sus anchas.
Desde el punto de vista bicicletero, me interesa el detalle con que explica los métodos artesanales pero enormemente sofisticados que los ladrones utilizaban para modificar las bicicletas robadas y evitar que fueran reconocidas por sus dueños. Así describe una visita a un taller, el dueño del cual afirmaba tajantemente no tener trato alguno con ladrones:
[...] Uno barnizaba, con esmalte frío, una bicicleta nueva flamante que, de niquelada, se convertía en amarilla. Otro realizaba una labor más sutil. [...] Quitaba una abolladura en la barra de un marco. [...] El jovenzuelo ponía estaño sobre una acebolladura para llenar la concavidad y luego lo limaba. Después, como en el marco había el gancho de soporte de la bomba, de un diestro martillazo lo arrancó y lo limó tanto que desapareció, del cuadro de la bicicleta, toda traza de soporte. Otro muchacho quitaba los guardabarros de otra bicicleta y los sustituía con otros completamente distintos. Finalmente, un cuarto camuflador se dedicaba a torcer, en caliente, al fuego, un manillar. Un viejo manillar, tan curvado que parecía los cuernos de un buey marino. Cortó un trozo de cada uno de los extremos y lo redujo a un anónimo e insignificante manillar. Y no es esto sólo lo que hacen. Incluso camuflan las cámaras de aire. Arrancan los parches que hay pegados y los sustituyen con otros de otro tamaño. De una dinamo y un faro hacen dos, acoplando el faro de una marca a la dínamo de otro, y viceversa. Liman, o llenan del consabido estaño, las marcas y los números de matrículas, o sea, que desmatriculan las bicicletas. [...] Poseen una gran cantidad de cubiertas viejas, cubiertas de hace diez años, y las sacan a la luz del día, enviando al depósito, al almacén ladronesco, las cubiertas recientemente robadas. En cuanto a los pedales [...] los hierros son limados por el lugar donde apoya el ciclista las suelas de los zapatos, y se aumenta el número de dientes. Id, pues, a reconocer, por muy listos que seáis, una máquina barnizada de nuevo, con los pedales cambiados y el manillar transformado.
El libro en sí se me hizo algo pesado de leer, pese a que es corto, por su narrativa densa, pero lo encontré entretenido y interesante.
Otras entradas sobre libros:
La vida sobre ruedas - Miguel Delibes
Kilómetros de sonrisas / África con un par - Álvaro Neil
El ciclista - Tim Krabbé


